En una sociedad en la que nos rodean estándares más rígidos y más altos, es fácil caer en “la norma”. Cuando todo se mide, cuando hasta la cantidad de pasos que das al día es una métrica, nos comportamos más como un producto que como persona.
El ser humano es vivo, cambiante, mutante. Está en movimiento permanente. Si pensamos en la física, no somos muy diferentes a las partículas, porque estamos compuestos por ellas.
Uno de los grandes diferenciales que separan al hombre del resto de los animales es su compleja capacidad para comunicarse. Alguna vez casi todos nos topamos con el concepto básico de la comunicación: emisor, receptor, mensaje, contexto, etc. Como licenciada en comunicación, esa noción se hizo cada vez más compleja en mi cabeza al integrar conceptos psicológicos, antropológicos, políticos y tecnológicos. Sin embargo, para mí un componente fundamental, que no se debe pasar por alto, es la intención.
La intención en la comunicación determina un montón de decisiones ligadas a ella: tono, medio, lenguaje, etc. También, la intención es la que moviliza, la que te lleva a usar energía y recursos para intentar comunicarte. Y esto mismo lo encontramos en el arte.
¿Qué es arte?
Según Wikipedia, el arte es “cualquier actividad o producto realizado con una finalidad estética y también comunicativa, mediante la cual se expresan ideas, emociones y, en general, una visión del mundo, a través de diversos recursos, como los plásticos, lingüísticos, sonoros, corporales y mixtos.”
Yo creí por mucho tiempo que el arte no era comunicación y que la comunicación no era arte. Pero hoy entiendo que las dos esferas están totalmente entrelazadas.
Al prestar atención a la definición de arte, hago hincapié en su fin de expresar “ideas, emociones y una visión del mundo”. Por lo tanto, podemos decir que siempre que la pieza de comunicación esté cargada de estos elementos, es arte.
Lo curioso es que nosotros, con nuestros juicios y opiniones, no consideramos que todo sea arte. Sin embargo, hay un componente artístico en absolutamente todo lo que creamos. El arte es parte inescapable de la comunicación.
¿Por qué, entonces, estamos cada vez más rodeados de expresiones estandarizadas? Sin una visión particular, sin un punto de vista y por sobre todo, sin emoción.
Esto lo vemos en el contenido de redes sociales, en cómo todas las personas se visten igual, decoran igual su hogar, etc.
¿De repente todos tenemos la misma personalidad, la misma historia, el mismo propósito y el mismo alma?
Ser uno mismo es una expresión artística
Si todavía no escuchaste el podcast “Make art, not content”, es lo primero que tenés que hacer después de leer este artículo. En el episodio “Why you need a message” – capitulazo– dice que “All great art has a message” (todo el gran arte tiene un mensaje).
Antes de hablar de las obras más reconocidas a nivel mundial, prefiero hablar de la experiencia personal. No todos resonamos con lo mismo: pinturas, poemas, discos, películas. Es imposible que un mismo mensaje conecte con absolutamente todo el planeta. Y eso es hermoso.
El mensaje, teñido de “ideas, emociones y una visión del mundo” hace la diferencia. Y por eso tu canción favorita dentro de tu disco favorito, no coincide con la elegida de la mayoría.
Tu mensaje nunca va a ser igual, porque no puede escapar de vos. Y todo comunica. Con intención, todo tiene un mensaje.
Cuando uno se expresa es imposible deshacerse de su historia, creencias, valores. Su punto de vista único. Entonces, ¿por qué intentamos todo el tiempo bajar el tono para vernos igual a “@influencerdelmomento”?
Ser uno mismo es un arte. Es una combinación única de elementos, una mirada irrepetible, con sus matices particulares, su movimiento permanente e imperfecto. Ser uno mismo está cargado de intención.
La única forma de quebrar con la estandarización de la vida -la cual solo genera más angustia, más consumo absurdo, y más presión- es apropiarte de lo que es tuyo: tu yo artista.
“Todo gran arte tiene un mensaje”.
¿Cuál es esa forma única en la que vos y solo vos podes expresar ese mensaje?
